No culpes a la tecnología de lo que te pasa por no entenderla

Hace poco, en este post, reflejaba lo presente que está en mi rutina la tecnología. Para mí prescindir de ella dificultaría mis actividades personales y laborales, y no dudo al afirmar que su uso me ha hecho la vida más cómoda y productiva.

A menudo me encuentro argumentos detractores. Hay quien dice que la tecnología crea dependencia y que la usamos como sustituto del cerebro humano. También que puede ocasionar desigualdad social: en primer lugar por el desempleo que se genera si algunos trabajos comienzan a hacerlos máquinas en lugar de personas, en segundo lugar por la marginación que sufrirán las clases sociales más desfavorecidas que no tengan acceso a ella.

El camino más eficaz para evitar un problema es detectarlo. Por eso no niego que todos estos argumentos antitecnología están fundamentados en situaciones reales o realistas y hemos de trabajar para poner remedio: la solución más efectiva es la educación tecnológica, de esta manera las personas comenzaremos a ocupar puestos de trabajo más sofisticados donde se requieran habilidades que no alcanza una máquina. Otra, la democratización de la tecnología, siendo ésta cada vez más barata, intuitiva y con ello accesible.

En cambio, hay otra dimensión tecnológica que nos ofrece muchísimas ventajas y en la que no se depara lo suficiente: la tecnología en el marco laboral. No son pocas las veces que al hablar del entorno de una empresa rápidamente pensamos en el espacio físico y en la relación entre sus trabajadores. Es fundamental que las compañías cuiden el lugar físico de trabajo: zonas adaptadas, mobiliario, temperatura, accesibilidad, comunicaciones para acudir al puesto de trabajo, etc. Es también importante que se fomente la buena relación entre sus empleados para que se sientan cómodos y respaldados. Una buena armonía en ambos entornos (el físico y el personal) estimulan la creatividad, fomentan la productividad y facilitan las sinergias laborales. Pero no es suficiente.

Vivimos en el s.XXI, tenemos acceso a internet y, seguramente, nuestros clientes están repartidos por todo el mundo. Los miembros de las empresas trabajan desde diferentes lugares, viajan con frecuencia y no siempre tienen la posibilidad de reunirse físicamente para afrontar un reto. Entonces, ¿por qué no damos al entorno tecnológico la importancia que merece?

Establecer un modelo interactivo de trabajo, saber que todos los miembros de un proyecto pueden acceder a los documentos, modificarlos y compartirlos fácilmente desde cualquier lugar hace que el trabajo en equipo fluya.

Además, todo esto aporta las ventajas que tiene ser global y con ello salvar las distancias geográficas. De este modo no tendremos que renunciar a un cliente, al talento de un colaborador o a un empleo por el simple hecho de que no estemos en la misma ciudad.

Todo esto son enormes pros para la corporación y para el trabajador. En cambio, si en esta transformación no se hace una correcta labor didáctica puede que la incorporación de la tecnología sea un lastre.

Podría estar enumerando decenas de aspectos favorables que a mi juicio tiene la digitalización, pero tengo que asumir que para que todos ellos sean efectivos, no hay que poner tanto el foco en la tecnología en sí sino en la capacitación que tenemos nosotros como usuarios para explotar todas sus posibilidades.

Por eso, alcancemos la excelencia dándole la importancia que tiene entender el entorno: el físico, el emocional y el digital. Y creemos un diálogo con él.

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